El de la ropa horrible. Parte 1.

Vale, lo sé de igual forma que los que me conocéis también lo sabéis: Soy compradora compulsiva. Bueno, no estoy diagnosticada ni hago terapia, pero es la forma más sencilla que se me ocurre para explicar lo que me pasa.

De esto me di cuenta hace tiempo, un día que mi madre me estaba diciendo seriamente que no comprara más ropa, que ya no me cabía nada en el armario, mientras yo sólo podía pensar que necesitaba unos zapatos de color maquillaje. Historia real.
También noté que algo pasaba cuando al irme a pasar un fin de semana con unos amigos a su casa de Tarragona, -y de paso a celebrar la treintena de uno de ellos-, hablando de las rarezas que tenemos, uno (el de la treintena) dijo algo como: “¿Cuántos pares de calzoncillos puedes tener? No sé… ¿diez o doce?”. A lo que otro amigo contestó: “¡¿cómo que diez?! ¡¡Treinta O CUARENTA!!” y yo, en un rincón, dije bajito: “Yo tengo más de cuarenta pintalabios así que fácilmente puedo tener unas cincuenta bragas”.

La cosa es que no sé decir que no. Necesito que en esos momentos en los que no lo tengo claro y/o dudo, una voz, que generalmente es mi amiga Rosana -y si no la oigo, es que he ido sola de compras y la tragedia es irremediable- me diga: “¿pero te lo vas a poner?” “¿de verdad te gusta?”

Es que no es sólo de ropa fea de lo que hablo, al fin y al cabo, las modas van y vienen y unas han sido más benévolas que otras. Yo no compro ropa que me parece fea. Porque si algo es tan, tan, tan feo que no se lo pondría ni Vicky Beckham cuando dejó las Spice, que se volvió loca y empezó a vestir fosforita, pues no lo compras y punto. Como mucho te lo pruebas para hacerte una selfie en el probador, mandárselo a una amiga y descojonaros de la risa un rato. ¿O es que nadie ha dicho nunca: “¡ES TAN FEO QUE TENGO QUE PROBÁRMELO!”? ¿No? Eso es que no tenéis una amiga María como la mía…

Bueno, que me pierdo, no hablo de cosas feas sino de cosas inútiles. De esas de “esto para un futuro, que es una inversión”, del “No… pero esto bien combinado es muy ponible…”. De compulsión, al fin y al cabo.

Pues aquí servidora de ustedes es una loca de comprar ropa “de vestir”. De la formal, de la de tacones, y de eso que sólo te pones si eres secretaria en una película  en una importante empresa y vives en Nueva York. Y de fiesta. Lo que tengo con la ropa de fiesta es una locura. Pero no de fiesta de las de salir el sábado con tus amigas con un modelazo y un tacón palmero. (Los tacones palmeros necesitan una entrada para ellos solos, creo) Soy una compradora compulsiva de ropa y accesorios para ir a bodas y eventos. Tendré… no sé… ¿veinte? amigos en edades casaderas y creo que con lo que tengo en mi armario puedo cubrir, si no todas, cerca de trece o catorce enlaces. De tipo civil o católico. De tarde, de día o de noche. Con su todo, ¿eh? Con su joyerío, sus bolsos, sus “cúbrete los hombros si es preciso”, sus zapatos… pero bueno, me encantan las bodas, tenéis que quererme igual.

(nota mental: Crear un post sobre bodas próximamente)

Bueno, al turrón, que me pierdo… Es que hay que ver lo que me gusta a mí una oración subordinada, ¿eh?

La idea de este post, y por tanto el detonante de que esta locura del blog se vaticine como una catástrofe sin parangón, es mi querida Elísabet (aka la celebérrima Betacoqueta) que concretamente en esta entrada de su blog que releí hace poco, me dejó con la idea rondante de la cantidad de cosas que tendré que he olvidado (o no) y que no me pongo porque ahora serán  más horteras que Mariah Carey, y lo que es peor: SEGURAMENTE NO ME VIENEN (como a Mariah Carey). La cosa es que casi inmediatamente comprendí que tenía que hacer una revisión en mi armario –y así hacer sitio para cosas nuevas. No puedo negarlo- y pensé en fotografiar la shaming fashion que todavía guardo, que es mucha. Y no hablo de cosas horteras de otras épocas. No. Hablo de ropa de hace unos cinco (o diez años como mucho) que, con todo mi raciocinio, siendo adulta, en estado sobrio y con pleno uso de mis facultades mentales, compré y me ponía. Y de la que nadie me dijo nunca nada. Y alguna que no llegué a ponerme y cuelga avergonzada y avergonzante con su etiqueta, en una percha.

Y así, ¿qué narices? Me río y nos reímos. Pero en el próximo post, que esto ya es muy largo y tengo que hacer las fotos y todo…   🙂

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