El de Velvet

Después de ver los tres episodios, creo que la serie está bastante bien.

Tiene una producción cuidadísma y que da un resultado visible maravilloso. Es un proyecto ambicioso y se nota. Algo que me gusta es que en ocasiones sí parece “de época” y tiene ese airecillo que han logrado dar a producciones actuales que pretenden evocar años pasados, que se consigue a base de un buen equipo de sastres, unas cajas de cigarrillos, un pintalabios rojo y un buen eyeliner.

Me han gustado esos besos un pelín sobreactuados propios del Hollywood dorado, de los de cabeza hacia atrás y un no saber dónde colocar las manos para no tapar al partenaire; con los que en ocasiones comparte estilo (como en la escena del accidente de coche) y recursos, como la lluvia, metáfora de las lágrimas que no se pueden expresar, ambos en el primer episodio.  Aunque cabe recalcar que ambos juegan a su favor con el blanco y negro. Estos aspectos también me han resultado graciosos e interesantes.

También me ha gustado que, por otra parte, comparte a veces la estética de Mad men, y bueno, que esto del costureo, las telas y los vestiduquis cincuenteros, a mí me mola bastante. 🙂

Los actores, en su conjunto bien. Natalia Millán, Aitana Sánchez-Gijón y José Sacristán (os recuerdo lo del Goya al mejor actor en 2012 a este señor. Primera y única nominación en toda su carrera. Tiene guasa la cosa) están estupendos.

Y Manuela Velasco, -por la que tengo especial devoción desde que dejó de presentar Los 40 principales– también lo hace muy bien. Pero la pobre siempre hace de secundaria -y de segundona-. (¡Por Dior! ¡Dadle una serie a Manuela! Una protagonista. ¡¡O al menos, un papel donde alguien la quiera!! Pobreta meua…)

El mayor atractivo que le veo a esta serie es que nos remita al final de los años 50: Pasión con las faldas de vuelo, los tocados con velo, los coches, los guantecitos blancos, los collares de perlas, los zapatos con pulsera… pero que bueno, para eso ya está hecho Amar en tiempos revueltos (o como se llame ahora) o Galerías Paradise, en la que al menos, la joven protagonista mostraba un poco de ambición en el ámbito de los negocios y tenía aptitudes innatas para el marketing y la venta, además de un interés amoroso por el protagonista masculino (y también, dueño del comercio).

Aunque me patina ese intento de hacer que Paula Echevarría se parezca a Audrey Hepburn. Ese es el principal fallo que le veo al personaje de Ana: creo que le falta ambición, o una motivación. Es muy plano. Es como si el personaje estuviera desdibujado, ya que en el primer capítulo sí dice algo sobre que quiere ser diseñadora, pero sólo de pasada. No sé qué es lo que pretende en la vida o si pretende algo con ella, o si sólo quiere ser la esposa de Alberto y tener hijos con él; que es la impresión que me da…

También me faltaría (algo que sí hace Mad men) que las marcas de las que hablan, que son competencia al fin y al cabo, fueran reales y que incluso introdujeran personajes reales de la época. Sí hablan de diseñadores famosos, como Dior, Chanel o Pertegaz, pero quedaría mejor si no se inventaran los fabricante de relojes o carteras.

Otra cosa que no me cuadra es lo de los besos. Tanto beso, tanto beso… mi abuela contaba que eso de besarse a todas horas y en todos los rincones que una encontraba no estaba bien visto y era de cualquieras.

La banda sonora es adorable, aunque dudo que en la España de los cincuenta sonara tanta música en inglés.

Lo que menos me ha gustado y por lo que posiblemente deje de verla si se centran demasiado en ella es la historia de amor de los protagonistas, enamorados desde pequeños, a lo Romeo y Julieta con la típica y demasiado quemada historia del “venimos de lugares distintos” y “hay mundos que no se pueden mezclar”. Eso y que “El duque” sigue haciendo de rompebragas y parece que no se cansa. Lo siento, pero no es Cary Grant, aunque me lo creo en el papel. Me ha sorprendido, pero de ahí a que se merezca todos los premios que den la industria y la Academia de televisión, hay un (largo) paso.

Y luego está la “bandolera” que no sé de quién es prima porque está en todas partes. Y la pobre es mala, pero con eme mayúscula.

En resumen, me encanta la atmósfera de Velvet más que la historia (de amor) en sí de Velvet. Mi espacio favorito es el taller que tiene un toque muy especial, muy de verdad. Tiene cierto halo de lugar mágico, en el que cumplen los sueños de las clientas y las sastras trabajan como los ratoncitos de los cuentos para que ellas disfruten. Son un poco las hadas madrinas.

Creo que puede salir bien si la saben enfocar puesto que el conjunto es atractivo, y aunque si la serie estuviera ambientada en 2006 en lugar de en 1958 la iba a ver Rita, está bien en su conjunto.

Al menos para mí  😀  😀

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